Al igual que la computadora, el cerebro funciona probablemente según una variante del famoso principio expuesto por Lewis Carrol en La caza del Snark: «Lo que te diga tres veces es cierto». 


Norbert Wiener, Cybernetics: Or Control and Communication in the Animal and the Machine. New York: Wiley; Paris: Hermann, 1948.

Los inicios

Platón, en La República, c. 380 a. C., emplea los términos κυβερνήτης (“piloto”) y κυβερνᾶν (“pilotear una nave, gobernar”) como metáforas políticas sobre el liderazgo legítimo.

Loeb Classical Library

En el siglo I, surge la primera máquina de vapor conocida: “la aeolípila” o el motor de Herón de Alejandría, un dispositivo esférico que giraba por reacción al vapor.

Denis Papin, en 1679, crea “el digesteur”, el precursor de la olla de presión y un prototipo de pistón a vapor. Surge así la idea de usar vapor para mover un émbolo.

En 1698, Thomas Savery patentó su máquina en julio de 1698, demostrándola ante la Royal Society el 14 de junio de 1699: A New Invention for Raising of Water and Occasioning Motion to all sorts of Mill Work by the Impellent Force of Fire, una máquina para bombear agua.

Thomas Newcomen inventa, en 1712, la primera máquina de vapor atmosférica funcional. Introdujo un pistón en un cilindro, movido por vacío tras la condensación del vapor.

En 1769, James Watt, hizo mejorías a la máquina de Newcomen. Su innovación fue la antesala de la revolución industrial. [Dibujo del propio Watt.]

En aquel entonces, las máquinas dieron lugar al despliegue teórico y la formulación de más hipótesis, pero Protágoras de Abdera, en el siglo V a. C., ya había dicho, citado por Platón que:

El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto no son.

Hay que pensar seriamente que la palabra hombre viene de hominem que, a su vez, remite, dicen, a una otra raíz de origen protoindoeuropeo: humus. Por hombre deberíamos entender, claro está, aquel ser humano terrestre. Por tanto, somos esos terrestres que también son la medida de en cuanto lo que es y lo que no. Pero dinos, ¿qué es la verdad, Sócrates?

La revolución industrial (siglos XVIII–XIX) cambió por completo la manera en la que no sólo actuamos sino también pensamos. Cuestionamientos noológicos, ontológicos, morfológicos, taxonómicos y de orden primordial, sacudieron las aulas y los recién instaurados aparadores y pasillos de la adquisición.

Indagar sobre la naturaleza del calor, por ejemplo, dio pauta a la divagación en torno a los límites y posibilidades de la conversión de la energía, en busca de universales, leyes, postulados invariables sobre los cuales edificar las torres de un conocimiento científico que responda a lo mutable. ¿Cómo optimizar las máquinas?, ante qué estamos cuando hablamos de “materia” y de “acción.”

En 1824, Sadi Carnot, en su obra Réflexions sur la puissance motrice du feu, analiza las máquinas térmicas.

En 1850, Rudolf Clausius propone:

El calor no es sustancia sino energía en tránsito.

Así, formula por primera vez la segunda ley de la termodinámica en términos modernos:

El calor no puede, por sí mismo, pasar de un cuerpo frío a uno caliente.

Introduce el concepto de entropía, en 1865, como una medida del “desorden” o irreversibilidad:

La entropía del universo tiende a un máximo.

William Thomson (Lord Kelvin), entre 1854 y 1865 añade un enfoque: el empleo del calor sin residuos. Aporta un mayor significado a la noción del tiempo irreversible en la física:

Es imposible construir un dispositivo que, operando en un ciclo, produzca como único resultado la extracción de calor de una fuente y la conversión de todo ese calor en trabajo.

En la década de 1870, Ludwig Boltzmann interpreta la entropía en términos estadísticos: El desorden o probabilidad de un estado macroscópico. Introduce así la conexión con la teoría cinética de los gases: los procesos tienden a los estados más probables (mayor entropía).

“S = k · log W”

S = entropía k = constante de Boltzmann W = número de microestados posibles del sistema.

¿Cómo constatamos la operación de la segunda ley de la termodinámica en nuestra cotidianidad?: Un café que se enfría (flujo unidireccional de energía térmica); un motor que quema gasolina (conversión parcial de energía en trabajo); un hielo que se derrite (mayor libertad molecular, mayor entropía); un perfume que se dispersa (conversión del orden en desorden); una batería que se descarga (energía que se disipa irreversiblemente). ¡Y, pues claro, el servomecanismo! También conocido, hoy en día, como sistema de control automático, sistema servo, regulador automático, actuador inteligente, sistema cibernético o gobernor. El cual fue definido por Clerk Maxwell en su artículo On Governors (1868):

…es una parte de una máquina mediante la cual la velocidad de ésta se mantiene casi uniforme, a pesar de las variaciones en la fuerza motriz o en la resistencia.

¿Y la palabra «cibernética»?

Norbert Wiener fue discípulo de Bertrand Russell, tras obtener su título de doctorado, a los 18 años, en lógica matemática, en Harvard. Fue introducido en los famosos debates del programa logicista y el Principia Mathematica. En una de sus memorias, particularmente en Ex-Prodigy: My Childhood and Youth (1953), escribió:

Había leído las obras de Russell antes de conocerlo, y su rigor lógico me había impresionado profundamente. Mi tiempo en Cambridge, aprendiendo directamente de él, me ayudó a aclarar muchas de mis dudas sobre los fundamentos de las matemáticas.

Él fue el fundador de esta ciencia transversal: la cibernética.

[lógica matemática + neurología + psicología + ingeniería + sociología + antropología + filosofía + química + biología…]

Pero fue André‑Marie Ampère quien empleó por primera vez la palabra, señaló en su obra extensa (1834-1843) Essai sur la philosophie des sciences ou exposition analytique d’une classification naturelle de toutes les connaissances humaines:

La futura ciencia del gobierno debería ser llamada la cibernética.

Corrección: Fue la cybernétique, en francés, en lengua romance, esa primera vez. Pero no podemos sino obviar que su etimología nos arroja a las tempestades oceánicas del vocablo ya enunciado en La República, de Platón, a su κυβερνήτης (kybernetes, piloto, timonel) del verbo κυβερνάω (gobernar, dirigir). Por el uso que le da y los inevitables orígenes navieros donde la buena conducción es crucial.

Sin embargo, Norbert Wiener, sin hacer alusión a André‑Marie Ampère que, al parecer, no influyó para nada en el concepto, en Cybernetics: Or Control and Communication in the Animal and the Machine, publicada en 1948, nos explica el porqué de la palabra:

Nos vimos obligados a acuñar cuando menos un neologismo griego para llenar la laguna, y, así decidimos denominar al campo de la teoría del control y la comunicación en máquinas y animales, cibernética, vocablo formado a partir del término griego κυβερνήτης o timonel. Quisimos, al elegir esta palabra, reconocer que el primer trabajo importante relativo a los servomecanismos es un artículo sobre gobernalles publicado por Clerk Maxwell en 1868, y que gobernalle se deriva de una corrupción latina de κυβερνήτης. También quisimos tener en cuenta el hecho de que los dispositivos de dirección de un barco son una de las primeras y mejor desarrolladas modalidades de servomecanismo.

Así fue como la segunda ley de la termodinámica sirvió al tejido conceptual de la cibernética junto con el de la ingeniería de la comunicación. Wiener puntualizó:

Si me pidieran elegir un santo patrón para la cibernética extraído de la historia de la ciencia, tendría que optar por Leibniz. La filosofía de Leibniz gira en torno a dos conceptos estrechamente relacionados: el de un simbolismo universal y el de un cálculo del razonamiento. De ellos se derivan la notación matemática y la lógica simbólica actuales.

Actualmente, puede pasar desapercibida la importancia de todo lo que dio origen a nuestra comunicación, pero tal cual y como cita Christopher Johnson en el artículo “‘French’ Cybernetics”:

La revolución cibernética es tanto una revolución epistemológica como una revolución tecnológica.

Pero no sólo. El postulado de la cibernética integró la posibilidad de replicar mecanismos durante el auge de los cuestionamientos sobre la reproducción serial, contemplando variables ya no tanto de orden lineal sino también no lineal. El suplantar funciones humanas estaba en aquel imaginario de Wiener y sus allegados mediante el logro próximo de ejecutar complicados patrones computacionales y predecir el futuro:

No en torno a la técnica de la ingeniería eléctrica, sino en torno al concepto mucho más fundamental de mensaje, ya fuera transmitido por medios eléctricos, mecánicos o nerviosos.

La máquina debe ser capaz de jugar —a la máxima velocidad posible— todos sus propios movimientos admisibles y todas las respuestas admisibles del adversario con dos o tres jugadas de anticipación. (…) Probablemente ganaría a un jugador mediocre o descuidado, pero desde luego perdería con un jugador atento o bastante experto. En otras palabras, la máquina podría ser tan buen jugador como la gran mayoría de los seres humanos.

Wiener tuvo vínculos estrechos con el médico y fisiólogo Arturo Rosenblueth y el físico Manuel Sandoval Vallarta, ambos mexicanos y considerados también pioneros de la cibernética, creando un grupo integrado por muy diversas especialidades que, en esa época, marcaba el comienzo de la más recientemente llamada multidisciplina. La American Society for Cybernetics recopila el numeroso listado conceptual de esta palabra todavía en los linderos de la indefinición, ¿ciber qué?, pero siempre útil: desde el estudio de la respuesta sensorial hasta la elaboración de prótesis, comprendiendo los mecanismos de conducción, de asociación y de reflejo; a veces, condicionados; otras, más cercanos al azar, a lo imperceptible.

En esa época, en el medio de las guerras y el limbo de las posguerras, se preguntaban “¿Pueden las máquinas construidas por el hombre aprender y autorreproducirse?” El, por ejemplo, diseñar un programa computacional para jugar ajedrez era válido, mucho, aunque sólo allí, teóricamente, incluso en Wiener:

Supongamos que cada cierto número de jugadas la máquina se toma un descanso para dedicarse a otra cosa. Durante este intervalo no juega contra un adversario, sino que analiza todas las jugadas anteriores registradas en su memoria para determinar qué ponderación sobre las diversas evaluaciones de la importancia de las piezas, mando, movilidad y otros factores, presenta mayor probabilidad de triunfo. De este modo aprende, no sólo a partir de sus propios fallos, sino también de los éxitos del adversario. A continuación, sustituye sus primeras evaluaciones por las nuevas y sigue jugando en calidad de máquina nueva y mejor. Esta máquina ya no posee una personalidad inflexible, y los trucos que antes servían para ganarla, irán fallando. Pero es que, además, con el transcurso del tiempo, la máquina asume parcialmente el planteamiento de sus adversarios.

Alan Turing, en 1948, diseñó Turochamp y tuvo esa idea de convertir el ajedrez en un programa computacional.

Claude Shannon publicó bases teóricas, en 1950, Programming a Computer for Playing Chess:

Una máquina que juega ajedrez es aquella que intenta seleccionar la mejor jugada desde una posición, utilizando una evaluación lógica.

En 1951, Dietrich Gunter Prinz desarrolló el primer programa funcional de ajedrez, ejecutado en una computadora real: la Ferrari Mark I, en Inglaterra. Comentó un año después:

No se trataba de un programa general para jugar ajedrez, pero demostró que los problemas lógicos de juego podían abordarse mediante una computadora.

¿Y luego?

Esta incursión en las posibilidades de “actuar” de una máquina nos ilustra muy bien lo que hace una IA. Esa capacidad de repuesta, tan añorada por aquellos científicos, la constamos día a día y con el uso de nuestras máquinas que, a veces, parecieran ser también nuestras prótesis. ¿Pero qué tanto sabemos sobre los otros planteamientos de la cibernética en función de la comunicación entre las ondas cerebrales?

Norbert Wiener escribió muchas páginas para advertir sobre los rumbos elegidos, los posibles fracasos irreversibles y las no alejadas encrucijadas en función del alcance a estas tecnologías en manos de sociedades no aptas para su empleo responsable.

Si programamos una máquina para que gane la guerra, debemos saber bien qué entendemos por ganar. Una máquina que aprende debe programarse con arreglo a la experiencia. (…) No podemos esperar que la máquina nos siga en nuestros asertos llenos de prejuicios y carga emocional, merced a los cuales nos permitimos llamar victoria a la destrucción.

Desde luego, igual que el buen carpintero, el buen mecánico, el buen sastre, han sobrevivido en cierto modo a la primera revolución industrial, es de prever que el buen científico y el buen administrador sobrevivan a la segunda. Sin embargo, dando por hecha la segunda revolución industrial, el ser humano medio de formación mediocre o inferior no tiene nada que vender que valga la pena comprar. Naturalmente, la respuesta es vivir en una sociedad basada en los valores humanos y no en la compra y venta. Hemos contribuido al arranque de una nueva ciencia que, como he dicho, abarca progresos técnicos con grandes posibilidades para bien o para mal. Lo único que podemos hacer es entregarla al mundo que nos rodea, sabiendo que es el mundo de Belsen e Hiroshima.

Entonces, qué es la cibernética. Tal vez, lo estamos descubriendo.

Y, a todo esto, ¿qué digo yo?

Ciberespacio. Cibermente. Cibercerebro. Ciberorganismo. Cibernauta. Ciberportal. Cibersexo. Cibercultura. Ciberseguridad. Ciberterrorismo. Ciberdelito. Ciberacoso. Ciberinteligencia. Ciberética. Ciberpolítica. Ciberactivismo. Cibergenética. Ciberbiología. Cibernética vegetal. Cibernética animal. Cibernética celeste. Ciberliteratura. Ciberexistencia. Ciberpoesía. Ciberwarfare. Cyberbullyng. Cyberpunk. Cyberlaw. Ciberdotados. Ciberpróximos, Cibervotados, Ciberamados. Ciberodiados. Ciberrevueltos. Ciberconservadores. Ciberrepublicanos. Ciberdemócratas. Ciberdiestros. Ciberzurdos. Ciberenamorados. Ciberhallados. Ciberperdidos. Cibercallados. Cibergritando. Cibercontentos.

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